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Nunca abandoné la música. A los 8 años tuve mi primer acercamiento con ella cuando mi papá me regaló una tumbadora, la cual sigue aquí en mi oficina. Aprendí ritmos básicos, con el tiempo fui adquiriendo mi propio gusto músical, mi papá me ponía su música, le gustaba Cole Porter, Gershwin, Burt Bacharach y Lobo y Melón. Yo aprendí con esa música y con ella practicaba mis tambores. Desarrolle mucha velocidad. Mi papá era anti-Beatle y eso fue impactante cuando yo mismo conocí a esos genios que hoy día admiro
A los 15 años armé mi banda, con compañeros del Alemán y del Liceo, por otro lado, compartí con mis amigos, mis gustos diferentes de artistas, artistas con intenciones sociales, con letras que analizaba la vida social, el rock progresivo ha sido lo mejor que le ha pasado a la música contemporánea, en mi opinión la época dorada de la música fue de 1971 a 1974. Curiosamente le pusimos Nirvana al grupo de la escuela, Kurt Cobain tenía 9 años. Nuestras letras se enfocaban mucho en la espiritualidad, el misticismo, la filosofía y las problemáticas sociales. Ese grupo adquirió reconocimiento en el rock mexicano y pudimos llegar más lejos, lo cual no ocurrió, porque así pasa en la música…
Escribir y componer siempre fueron buenas habilidades mías, con el tiempo mi banda se terminó y sólo pude aferrarme a la carrera. En la UNAM y en mi trabajo en Televisa de pasante, descubrí una relación directa con la música en el derecho, en el derecho de autor. Milan Kundera, uno de mis favoritos, dice: “Decidir es renunciar.” En su momento, estaba tan enfocado en la música que renuncié a la oportunidad de decidir mi carrera, al dejar al arbitrio mi decisión a un examen vocacional. Luego fue al revés, renuncié a la música y me dediqué al derecho. A fin de cuentas, el camino es sólo uno.